Jamie era la última persona de la que se enamoraría Landon. Demasiado seria y conservadora para su gusto. Hija de un pastor de la iglesia baptista, Jamie no tenía miedo de manifestar que la fe era lo más importante en su vida, aunque ello le costara las críticas de sus compañeros. Landon y su pandilla mandaban en la escuela, pero su reinado terminaría en cuanto salieran del instituto y tuvieran que afrontar las responsabilidades de la vida.
Clare (Rachel McAdams) ha estado siempre enamorada de Henry (Eric Bana), un bibliotecario de Chicago. Está convencida de que están destinados a vivir juntos, aunque no sepa cuándo tendrán que volver a separarse: Henry es un viajero del tiempo, con una rara anomalía genética que lo condena a vivir su vida en una escala de tiempo cambiante, avanzando y retrocediendo a través de los años sin ningún control. A pesar de que los viajes de Henry son tan imprevisibles que Clare nunca sabe cuándo volverán a verse, intenta desesperadamente adaptarse a esa vida, pues lo que sí sabe es que no podría vivir sin Henry.
Durante las labores de recuperación de los restos del famoso Titanic, una anciana norteamericana se pone en contacto con la expedición para acudir a una plataforma flotante instalada en el Mar del Norte y asistir ‘in situ’ a la recuperación de sus recuerdos. A través de su memoria reviviremos los acontecimientos que marcaron el siniestro más famoso del siglo XX: el hundimiento del trasatlántico más lujoso del mundo, la máquina más sofisticada de su tiempo, considerada «insumergible», que sucumbió a las heladas aguas del Atlántico en abril de 1912, llevándose consigo la vida de mil quinientas personas, más de la mitad del pasaje. En los recueros de la anciana hay cabida para algo más que la tragedia, la historia de amor que vivió con un joven pasajero de tercera clase, un pintor aficionado que había ganado su pasaje en una partida las cartas en una taberna de Southampton.
Érase una vez… un castillo donde vivía un inventor que dedicó parte de su vida a crear una criatura perfecta a la que llamó Edward. Pero el inventor murió de repente y dejó incompleta su creación, ya que en vez de dedos tenía unas horribles manos con hojas de tijera. El pobre Edward vivía sólo en el castillo hasta que una encantadora joven, que trabajaba para la firma Avon, lo llevó a su casa junto con su familia. Pero una criatura tan especial como Edward no estaba preparada para vivir en una ciudad tan extravagante y falsa como Suburbia.